Detrás de tu mirada

Mi hija pequeña, el ping-pong y yo

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Captura de pantalla 2014-11-03 a la(s) 08.34.36A mi hija pequeña le encanta jugar al pong-pong y a mí también, así que siempre que podemos  cogemos las paletas y ¡hala, a jugar! Por lo general nunca contamos los puntos, porque a ninguna de las dos nos interesa saber quien gana o quien pierde. Simplemente nos gusta divertirnos juntas.
Mi afición viene de antiguo porque durante mi juventud pasé muchos momentos jugando después de la reunión de jóvenes a la que asistía los sábados por la tarde. También en casa de una amiga, donde pasábamos largas horas filosofando, simplemente nadeando, vamos, no haciendo nada de particular… y jugando al ping-pong.
Con tanto practicar no es raro que se me diera bien porque, en general, soy buena en los deportes, y esto no tiene ningún mérito en particular, porque creo que es algo que se trae de serie. Lo mismo que la música… y ahí tengo que decir que no tengo el más mínimo don de la naturaleza.
El caso es que entre las chicas no había ninguna que me ganara. Y jugando con los chicos, había algunos que me ganaban, pero otras muchas veces les ganaba yo.
Creo que, en parte, el secreto del éxito se debía al hecho de ser zurda contrariada. Cuando yo era pequeña los zurdos lo teníamos difícil porque nos obligaban a ser diestros, con lo cual terminábamos siendo ambidiestros para algunas cosas y “falsos zurdos” o “falsos diestros” para otras. Me explico. Yo puedo jugar al ping-pong con la mano izquierda o con la derecha indistintamente, pero cuando lo hago con la izquierda juego como si fuera diestra y cuando juego con la derecha lo hago como si fuera zurda y en ambos casos juego casi siempre sobre mi revés. Vamos, un poco descolocante para el otro jugador.
En fin, el motivo de tanta explicación es para decir que tengo una forma peculiar de jugar, diríamos que poco ortodoxa, con efectos inesperados y saques raros y potentes difíciles de responder. Y aquí viene la paradoja.
Mi hija pequeña no es zurda contrariada ni ambidiestra, pero juega exactamente igual que yo, de esa forma poco ortodoxa. El mismo saque, los mismos efectos, el mismo juego de revés… La única explicación que le encuentro es que ha aprendido a jugar al ping-pong jugando conmigo. Y cada vez que juego con ella, entre golpe y golpe, me viene a la mente el mismo pensamiento que me deja siempre perpleja: ¡Cuánto pueden aprender los hijos a través de la simple imitación! Y entonces me entra una especie de yuyu porque yo no le he explicado como tiene que jugar, ella simplemente lo hace así porque me ve a mí hacerlo así.
Y entonces me pregunto cuántas otras cosas hace como yo, aunque yo no se las haya enseñado conscientemente. Y entonces pienso ¡Menuda responsabilidad la de ser madre o padre, porque nuestra forma de vivir modela la vida de otro ser humano, y de qué manera!
Y entonces me planteo qué tipo de persona soy; cómo gestiono mis emociones, tanto las positivas (la alegría, la confianza, la gratitud, el amor la empatía) como las negativas (el dolor, la rabia, la frustración, el miedo, la tristeza); desde dónde vivo mi vida, desde la esencia o desde las apariencias… Y entonces, me dan ganas de ser mejor persona. Y todo gracias a ese ser con el que la Vida me ha dado la oportunidad de compartir mi vida. Y entonces pienso ¡Qué suerte la mía que puedo crecer y mejorar teniendo en mi vida una personita tan especial como mi hija pequeña! Y entonces decido trabajarme y darle la mejor versión de mi misma.

 

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2 pensamientos en “Mi hija pequeña, el ping-pong y yo

  1. Que verdad todo lo que dices Marga, y qué responsabilidad se siente cuando te das cuenta que esa personita que vive contigo sólo desde hace unos años empieza a reaccionar en determinadas situaciones como tú lo haces, y cuando te dice… yo es que me parezco mucho a ti en….
    buffff qué vértigo… y sin embargo también qué gratitud, porque es verdad que desde que ella está conmigo yo he aprendido tanto de mi!! y qué alegría porque puedo seguir aprendiendo, aligerando mi mochila, jajaja, sabiendo que también le va a venir bien a ella….

  2. Totalmente de acuerdo contigo, Teresa. Vértigo por una parte… pero gratitud por otra, porque finalmente
    son nuestros espejos y nuestras maestras 😉

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