Detrás de tu mirada

Taller de Constelaciones Familiares con Teodora Mun

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Aperitivo

 

Os adelanto un pequeño aperitivo de Detrás de tu mirada. Transcurre durante un Taller de Constelaciones Familiares.

***

Había transcurrido casi una hora desde que se había iniciado el taller, así que decidieron hacer un descanso antes de empezar con el siguiente caso.

Todos salieron al jardín a respirar aire fresco y a reponerse de la sorpresa general que había causado el trabajo, que empezó por el mal comportamiento que el niño mostraba. La máquina de café que había en el porche  fue el centro de reunión de todos, excepto de Enrique y Carmen, que buscaron un lugar de mayor intimidad en el otro extremo del jardín.

–¿Qué os ha parecido la sesión? –preguntó Ana a los compañeros de taller.

–La verdad es que me ha sorprendido mucho –contestó una mujer entrada en la treintena, vestida como una alta ejecutiva, de porte elegante, que había adoptado en solitario–. Yo me muevo básicamente por la razón, y todo lo que ha ocurrido aquí me cuesta entenderlo. No sé qué tiene que ver el mal comportamiento del niño con el hecho de que los padres no expresaran entre ellos sus sentimientos de dolor o de rabia sobre la infertilidad. Seguramente lo tienen muy consentido y por eso se porta mal.

–Pues yo creo que sí puede tener relación –contestó Pablo–, y lo digo por propia experiencia. Hay cosas que tú no relacionas para nada con los problemas que tienes y sin embargo ahí es donde está la solución. Yo era también muy escéptico al principio, pero… la realidad se impone –dijo sonriente y un poco enigmático.

–Tengo ganas de trabajar nuestro caso –comentó un hombre de mediana edad y aspecto afable–. Nuestro hijo está diagnosticado de hiperactividad y me gustaría saber cómo lo enfoca la terapeuta.

Después de un rato disfrutando del aire perfumado con el olor del azahar de un naranjo que presidía el jardín, retomaron el trabajo y lo hicieron precisamente con ese caso.

–¿Qué queréis trabajar? –preguntó con amabilidad Teodora.

–Bueno, nuestro hijo es bastante inquieto y lo han diagnosticado como hiperactivo. Nos han recomendado medicarlo, pero nosotros no estamos convencidos. Nos gustaría explorar otras posibilidades –explicó el padre.

–¿Cuánto tiempo hace que fue adoptado?

–Once meses.

–Cuántos años tenía en el momento de la adopción?

–Iba a cumplir cuatro años.

–¿Habláis con él sobre su adopción con naturalidad?

–Bueno, a mí me cuesta un poco, y como él no pregunta, pues mejor –contestó la madre.

Entonces la terapeuta pidió cinco personas voluntarias para hacer el trabajo. A cada una de ellas le asignó un rol, pero ninguna sabía qué papel representaban las demás. Estas personas hacían de representantes de la madre adoptiva, del padre adoptivo, del niño,  de un profesor del colegio y de la madre biológica. Les dijo que se distribuyeran por el espacio central del círculo que formaban los asistentes sentados, excepto la persona que representaba a la madre biológica, a la que hizo salir y quedarse al margen del grupo hasta que la avisara. A los cuatro restantes les indicó que actuaran como cada uno sintiera en ese momento, dejándose guiar sólo por la intuición.

Lo que ocurrió acaparó la atención de todos: la persona que representaba al niño no paraba quieto un momento, molestando a unos y otros. El que representaba al padre adoptivo andaba detrás del niño tratando de calmarlo. La que representaba a la madre adoptiva deambulaba de un lado para otro, desconcertada. Y el que representaba al profesor rogaba al niño que se alejara cada vez que se acercaba a él.

Así estuvieron un buen rato, hasta que finalmente la terapeuta hizo entrar a la persona que representaba a la madre biológica. En ese momento, la persona que representaba al  niño se acercó a ella y, para sorpresa de todos, se calmó sin que le dijera ni hiciera nada; simplemente se calmó al ponerse a su lado.

Como nadie sabía quién era quién, todos estaban expectantes cuando Teodora anunció que dejaran sus papeles porque iba a explicar el significado de lo que habían estado viendo.

Lo que había ocurrido en esa familia adoptiva era que la madre biológica -que era quien le había dado la vida a ese niño, independientemente de que después no hubiera podido criarlo- no tenía un lugar de respeto y de dignidad. Quizás no tenían nada en contra de ella; puede incluso que alguna vez expresaran su gratitud porque gracias a ella, podían tener un hijo; o puede que se la juzgara por haber abandonado al niño, algo que ellos nunca habrían hecho; o puede que se la condenara por haberle infringido malos tratos, si es que tenían esa información; o puede que simplemente la ignoraran porque no sabían nada de ella.

Para que un sistema familiar funcionase de manera equilibrada y estable -explicó Teodora- hacía falta que cada miembro del sistema tuviera un lugar de respeto y dignidad, independientemente de cuál hubiera sido su conducta o su comportamiento dentro del sistema. Continuó diciendo que los niños adoptados participaban de dos sistemas, el biológico y el adoptivo, de forma que era responsabilidad de la familia adoptiva que el niño pudiera integrar su origen y su crianza sin conflicto, viviendo una vida emocionalmente equilibrada y estable.

Muchas veces –continuó la terapeuta– las familias adoptivas, y más las madres que los padres, tienen miedo de hablar de la madre biológica, un miedo infundado a que las prefieran a ellas, por ser una figura ausente a la que idealizar. Otras veces les duele hablar de ellas porque les recuerda su propia infertilidad, si es el caso. Otras veces es sencillamente por querer equiparar la familia adoptiva a la biológica; así si no la mencionan es como si no existiera.

Lo que ocurría –continuó explicando Teodora– era que la vida de aquel niño no había empezado en el momento en que los padres adoptivos habían entrado en ella, sino nueve meses antes de nacer, en el vientre de su madre biológica, con quien había establecido vínculos muy fuertes. Fue por eso que el niño se tranquilizó cuando entró en escena la persona que representaba a su madre biológica.

Entonces Teodora hizo salir de nuevo al centro del círculo a los padres adoptivos y pidió a otras dos personas que salieran a representar al padre y a la madre biológicos. Los colocó frente a frente y les dijo a los padres adoptivos que repitieran esta frase desde el corazón, dirigiéndose tanto a la madre como al padre biológico, inclinando un poco la cabeza en señal de respeto:

–Te honro por ser la madre biológica de nuestro hijo Carlos. Y honro la parte de ti que hay en él -dijo la madre.

–Te honro por ser el padre biológico de nuestro hijo Carlos. Y honro la parte de ti que hay en él -añadió el padre.

–¿Cómo os habéis sentido al decir estas frases? –preguntó Teodora.

–Me ha sonado extraño decir estas palabras, pero no me ha resultado difícil –dijo el padre adoptivo.

–Yo no he podido decirlas de corazón –interrumpió la madre adoptiva antes de que le preguntara–. Simplemente las he repetido porque tú me lo has dicho, pero no las siento. La verdadera madre soy yo. Ella solamente lo parió y eso por sí solo no la hace madre; te hace madre el quererlo, el cuidarlo cada día, el levantarse por la noche cuando está enfermo, y eso es lo que yo hago. Así que la única madre soy yo; ella simplemente lo tuvo en su barriga.

–Si quieres podemos explorar qué pasa en ese caso, sacando a un representante del niño, para ver cómo reacciona –intervino Teodora.

Efectivamente, salió una persona a representar al niño y el padre adoptivo repitió las palabras iniciales. En ese caso la persona que representaba al niño se mostró tranquila. Cuando la madre se negó a repetirlas, explicando otra vez sus argumentos para no hacerlo, la persona que representaba al niño se mostró inquieta, malhumorada y enrabietada, emprendiéndola con todo el que se le ponía por delante.

–Lo siento mucho, pero a mí todo esto me parece un teatro. No creo que las cosas sean así –dijo la madre adoptiva en un tono un poco despectivo.

–Estás en tu derecho de pensar así –intervino Teodora con suavidad y dulzura–. Esa es tu responsabilidad. Aquí dejamos el caso.

Al finalizar, se produjo un pequeño revuelo que Teodora aprovechó para dar paso a una ronda de preguntas, opiniones y comentarios. La primera que intervino fue la mujer que había representado a la madre biológica, que no había dejado de llorar desde entonces.

–¿Por qué me escogiste a mí para hacer de madre biológica?

–Yo no os conozco a ninguno de vosotros. Lo hice simplemente por intuición. ¿Por qué lo preguntas? –dijo Teodora.

–Al principio, cuando adoptamos a nuestra hija, nunca me planteé nada en relación con su madre biológica, pero de un tiempo a esta parte no dejo de pensar en ella. No sabía si debía hablar de ella a mi hija, o cómo hacerlo, pero no dejaba de rondarme en la cabeza este tema, por eso me sorprendió tanto que entre las cinco personas me escogieras a mí para representarla a ella.

–Bueno, quizás de todas las personas tú eras la que más necesitaba encontrar una respuesta a las preguntas que te estabas haciendo y por eso tú fuiste la elegida. Pero no lo decidí yo, sino el Destino… la Vida… Dios… según sean tus creencias. Yo no te conocía de nada ni sabía de tus interrogantes sobre el tema –explicó la terapeuta.

–¿Cómo podemos saber que todo esto es verdad? –preguntó una persona que se encontraba en un lugar poco visible.

–Bueno, es fácil. Sólo hay que probarlo, ponerlo en práctica y ver si funciona –contestó Teodora–. Es cierto que al principio sorprende un  poco, pero es sólo cuestión de tener una mente abierta.  Que no lo entiendas no significa que tengas que rechazarlo. Probablemente tampoco entiendas cómo funciona la electricidad, pero eso no impide que disfrutes de sus ventajas.

Hay algo que no es difícil de entender –continuó-: una parte del padre biológico y otra parte de la madre biológica están en los niños que habéis adoptado. Si eso no se quiere aceptar, se está rechazando una parte de ellos mismos, por eso no es extraño que sientan rabia y se muestren inquietos o con problemas de comportamiento. Por otra parte, aun cuando las personas adoptantes tienen muy claro que es para toda la vida, estos niños muchas veces han pasado por varias instituciones y cuidadores, con lo cual no siempre tienen claro que ahora sí es para siempre, y que estas personas los van a querer sean como sean. En muchas ocasiones el mal comportamiento es una forma de comprobar si, a pesar de su mala conducta, lo siguen queriendo. A veces también están buscando, de manera inconsciente, el rechazo que les confirme que efectivamente hay algo malo en ellos que hizo que les abandonaran la primera vez y que volverían a hacerlo de nuevo. En definitiva, un diagnóstico de hiperactividad en un niño que hace menos de un año que ha sido adoptado es algo muy precipitado, que puede estar encubriendo realidades muy diferentes. Evidentemente, la medicación en un caso así no resuelve el problema, sólo lo estaría enmascarando al suponer que hay una causa neurológica cuando en realidad lo que hay es una causa emocional.

En ese momento intervino una mujer que en el descanso se había mostrado escéptica con el trabajo que estaban haciendo. Había adoptado en solitario y quería trabajar el conflicto permanente que su hija de cinco años tenía con ella. En este caso, el mal comportamiento no afectaba a los compañeros del colegio, ni a los amigos, ni al resto de la familia extensa. Teodora estuvo de acuerdo y empezaron el trabajo.

–¿Cuántos años tenía en el momento de la adopción?

–Dos años.

–¿Le hablas del tema de la adopción?

–Bueno, tenemos un libro de vida que le gusta mucho ver. Le encanta que le cuente cuándo fui a buscarla y cómo volvimos en un avión muy grande. En el libro está la foto de su asignación, que es la primera que tengo de ella, recuerdos del viaje, la llegada a casa y cosas así.

–¿Le has hablado alguna vez de su vida antes de que tú fueras a buscarla?

–La verdad es que no. Lo único que siempre me pregunta es por qué tardé tanto tiempo en ir a buscarla.

–¿Y tú qué le dices?

–Pues que los papeles tardaban mucho y por eso no pude ir antes.

Entonces Teodora escogió a cuatro personas y les asignó un papel a cada una, sin que las demás supieran cuál.

Primero sacó a la niña y a la madre adoptiva. Y efectivamente, la niña estaba bastante enfadada con la madre. A continuación sacó a las otras dos personas, una representaba a la madre biológica y otra al orfanato donde había pasado los primeros meses de su vida. Cuando Teodora explicó a la persona que representaba a la niña quiénes eran esas personas, entonces la rabia y el enfado se trasladaron de la madre adoptiva a la madre biológica y a la institución.

Hizo falta poca explicación por parte de la terapeuta. La niña desconocía la existencia de la madre biológica, que era quien realmente la había abandonado en aquella institución, por eso proyectaba sobre la única madre que conocía, la adoptiva, los sentimientos que correspondían a la biológica. La niña creía que su madre adoptiva la había dejado en el orfanato mientras arreglaba aquellos famosos papeles y por eso estaba tan enfadada con ella. Al excluir a la madre biológica, al no hablar de su existencia, la madre adoptiva estaba cargando con una responsabilidad que no le correspondía, pero que la niña le adjudicaba a ella por desconocer la existencia de quien verdaderamente la había dejado en aquella institución.

–Tienes que contar a tu hija su historia completa, no sólo desde el momento en que tú entraste en su vida –dijo suavemente Teodora dirigiéndose a ella–. Si no lo haces, no la estás aceptando en su totalidad. La adopción significa hacerse cargo no sólo del presente y del futuro de un niño, sino también de  su pasado. Quizás sería bueno que practicaras con ella Ho´oponopono y desde tu corazón le enviaras estas frases a su madre biológica y a vuestra hija: Lo siento… perdona… gracias… te amo…

Cuando la terapeuta terminó de decir estas palabras se volvió a producir un pequeño revuelo entre los asistentes.

–¿Qué quieres decir con eso de vuestra hija? –preguntó la mujer.

–Bueno, sencillamente que si las dos sois sus madres, una la biológica y otra la adoptiva, ella es vuestra hija. La primera le transmitió la vida y tú la estás criando. Sin la una o sin la otra no sería quien es –la voz de Teodora sonaba suave y dulce cuando pronunciaba estas palabras.

–Pues yo creo que eso son ganas de confundir a los niños –intervino otra persona, usando un tono un poco áspero.

–No creo que eso les confunda, porque se trata de aceptar anímicamente su realidad total, no sólo de aceptar su realidad a partir de vuestra aparición en sus vidas –concluyó Teodora–.  Si para vosotros no es un problema, no lo será para ellos. Si vosotros lo vivís como un conflicto, será un conflicto para ellos.

Decidieron hacer otro alto en el trabajo y todos volvieron a formar corrillos en el jardín. Pablo y Ana se alejaron un poco y se sentaron en un banco que había bajo un frondoso melocotonero.

–Me alegro mucho de haber venido. No tenía ni idea de todo lo que supone adoptar un niño –comentó Pablo, un poco sorprendido–. Yo creía que todo era más sencillo, que con quererlo como a un hijo propio era suficiente.

–Fíjate, Pablo, en la expresión que has usado. En algún sitio he leído que, al referirse a los biológicos como propios, pareciera que los adoptados no fueran también hijos propios –le respondió Ana.

–¡Vaya, pues no había caído! ¿Y cuál sería la forma más exacta de decirlo?

En ese momento, el grupo empezó a volver a la sala donde se hacía el taller y Ana y Pablo se unieron al grupo. Todavía seguían hablando del tema que se había suscitado con el último caso, cuando Teodora preguntó quién quería trabajar a continuación.

En ese momento intervino la ejecutiva que había adoptado en solitario. Su hija, de cuatro años, era de otra raza y en el colegio la discriminaban por el hecho de ser diferente. Quería saber cómo ayudar a su hija.

–¿Te expresa ella, de alguna forma, este problema? –preguntó Teodora.

–No, ella no me dice nada porque todavía es muy pequeña, pero yo lo observo –contestó la madre.

–¿Cómo fue tu experiencia en el colegio cuando eras pequeña?

–Fue bien; yo era buena estudiante.

–¿Y qué tal la relación con tus compañeros?

–Normal.

Entonces Teodora le pidió que sacara una flor. Con un gesto un poco escéptico extendió la mano y sacó al azar una de las botellitas azules de la caja. Escogió Elm. Teodora explicó que esta flor es útil cuando se desea calmar un dolor desbordante o para liberar agobios.

–¿Qué te agobiaba a ti en el colegio cuando eras pequeña?

El rostro de la mujer cambió repentinamente y dijo, en voz apenas audible, que le molestaba mucho cuando sus compañeros se burlaban de ella porque era muy bajita. El simple recuerdo de aquello hizo que los ojos se le inundaran de lágrimas que ella luchaba por contener.

–¿Y tu familia cómo manejaba esa situación?

–Bueno, en realidad mi madre también hacía bromas sobre mi estatura.

–¿Y tú cómo te sentías?

–Odiaba a mi madre cuando me gastaba esas bromas.

–¿Has trabajado alguna vez este asunto?

–No, nunca.

–¿Cómo lo has manejado a lo largo de tu vida?

–Siempre he tratado de compensarlo destacando en otras cosas, como en los estudios o en el trabajo.

Teodora explicó entonces que no sólo los  niños adoptados traían una mochila con  traumas y experiencias difíciles. En realidad, la mayoría de las personas habíamos pasado por experiencias que nos habían marcado de una u otra forma. En este caso, la mochila de la madre, con su propio dolor por ser más pequeña de estatura que los demás, le dificultaba el poder ayudar a su hija, de otra raza, a manejar el tema de las diferencias. Probablemente, la niña ni siquiera lo estuviera experimentando en ese momento, pero a la madre se le reestimulaba su propia experiencia dolorosa ante la sola eventualidad de que así fuera.

Si bien era cierto que la niña todavía no había experimentado la diferencia con dolor
–continuó Teodora–, llegaría un momento en el que algún compañero pretendiera que lo viviera así. En ese caso, si la madre no había superado su propio dolor, difícilmente podría acompañar a su hija en el proceso de crearse una autoimagen y una identidad positiva por ser diferente.

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